La revolución sexual

Hace ya más de un mes que explotó el caso Harvey Weinstein y con él, el movimiento Me too. Pese a la sorpresa de algunos medios, no cuesta creer que la industria del espectáculo sea una ciénaga de alimañas. No hay más que ver el estereotipo femenino que promueven las cintas de Hollywood. Lo que si sorprende es que ninguna de esas mujeres denunciara al instante.

La libertad no está solo en la ley; la libertad es moral. En cualquier situación que se pueda presentar en la vida, incluyendo las más complejas, también hay alternativas. Las consecuencias de un acto pueden ser más o menos duras, pero siempre se puede elegir.

Una actriz puede pensar que si denuncia jamás volverá a hacer una película con una determinada productora, pero, ¿merece la pena trabajar con tipos sin valores? Al fin y al cabo acabará interpretando roles de seductriz que sólo sirven para reforzar una fantasía masculina incrustada durante décadas en la conciencia colectiva. Siempre le queda la opción de buscarse otra productora, hacer teatro independiente, o dedicar su vida a lucha contra los monstruos.

Jamás sabremos si a estas mujeres llegó a pasárseles algo así por la cabeza, pero lo que si se sabe, es que ninguna optó por el camino difícil; no dejar que su ego, su obsesión por la fama, el miedo a ser diferentes, o sus deseos de encajar en una sociedad corrupta les llevaran a continuar en un business que no haría nada bien a sus conciencias.

En lugar de enfrentarse al sistema deciden seguir la corriente hasta que la corriente cambie, y cuando eso ocurra, desvelar lo que siempre pudo ser desvelado, pero esta vez sin consecuencias funestas. Demos gracias a la fugacidad de la moda.

Todo cambia y se monetiza en la vorágine menos las verdaderas limitaciones y el sentido, que es lo único que no se puede intercambiar.

Acudir a una gala semidesnuda es reivindicar la libertad de una mujer para vestir como quiera, pero si es así, ¿porqué ninguna decide ir en chándal y con abrigo?, ¿es ser libre equivalente a pasar frío?. Si somos libres, ¿por qué decidimos torturarnos voluntariamente? . Lo mismo ocurre con las que piensan que llevar maquillaje es una elección propia. Pensemos en los casi cuatro billones de dólares que Loreal se embolsa al año gracias a su inseguridad. ¿A quién se le ocurrió por primera vez que las mujeres podrían ser más bellas si se pintarrajearan?,  a mis coetáneas seguro que no. La belleza se define en las altas esferas. De ahí vienen todas las tendencias. Nos han hecho libres sólo de ser esclavos sin remordimientos.

La desnudez virtual y la falsa liberación de la mujer son parte de la conspiración. El poder económico sabe que sin culpa y sin objeciones se vende mejor. Se nos despoja de todo residuo moral para poder hacernos más libres de ser esclavos, alimentando así un capitalismo agresivo e hipersexualizado. En lo social se ha eliminado el límite, todo vale, pero en lo psicológico se sigue sufriendo.

Vivimos en la dictadura de una libertad malinterpretada y retorcida. Se destruyen límites pero no limitaciones. El poliamor, por ejemplo, es evidencia de esta falacia. Se rompe el límite de no poder tener varias parejas, pero no la limitación interna de sentir celos. Quien lo practica proclama libertad y superación de inseguridades, pero acaba estableciendo más reglas y obligaciones en sus relaciones que las que se tiene en la monogamia. Si el monógamo es infiel, al menos tiene el derecho de poder ocultarlo y eximir a su pareja (si esta no se entera) de todo sufrimiento. En el poliamor se cuenta de todo, todo queda a la vista, pero el exceso de información, y la falsa transparencia (nunca se puede decir todo, ni saber todo), sigue sin proporcionar la felicidad. Que permita que mi pareja se acueste con otras personas no es directamente proporcional a que ese hecho deje de importarme.

Con todo esto, y aunque parezca paradójico, la prohibición del incesto y la legalización de la píldora anticonceptiva siguen siendo las únicas y verdaderas revoluciones sexuales que hemos vivido como especie.

Salir desnudo en Instagram, o hablar de libertad enfundado en unos tacones de aguja de diez centímetros sólo simbolizan desafortunados intentos de ser parte y protagonista de una sociedad monádica y altamente narcisista.


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